Un nuevo rol en la seguridad aérea: El del pasajero (Publicado en revista Mach 82)
La verdad es que el pasajero tiene mucho que ver con la seguridad aérea; entre otras cosas, puede con sus acciones representar una fuente de riesgo. Puede juguetear con aparatos electrónicos en momentos inoportunos, puede irse a fumar a un lavabo desactivando la alarma, puede llevar en su equipaje objetos como, por ejemplo, líquidos inflamables y otras muchas cosas.
No obstante, el pasajero puede tener una contribución positiva que nunca se ha considerado y es la de votar con su dinero a los operadores más seguros. Hace tiempo, la FAA señaló que no se podía tener en la ignorancia a los pasajeros sobre asuntos que afectaban a la seguridad y sugirió que se tomasen medidas; sin embargo, puesto que la propia FAA no quiso tomarlas directamente, la declaración quedó reducida a letra muerta.
Sería interesante hacer una pequeña encuesta a los pasajeros que van a embarcar en un vuelo transoceánico con preguntas como las siguientes:
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¿Sabe cuántos motores tiene el avión en el que va a embarcar? ¿No? Mírelo desde el cristal ¿Podría decírmelo ahora? (Nadie se sorprenda si, después de hacerlo, la respuesta sigue siendo la misma).
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¿Sabe si es un avión para dos o tres tripulantes en cabina?
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¿Sabe si su vuelo lleva tripulación de refuerzo?
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¿Sabe si es un avión propio o alquilado a otra compañía? En su caso ¿sabe si la tripulación es propia o ajena?
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¿Sabe si la tripulación ha tenido la posibilidad de descansar adecuadamente antes del vuelo? ¿Y en el vuelo de vuelta?
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¿Sabe cuál es la distancia máxima a que van a pasar durante el vuelo de un aeropuerto operativo?
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¿Sabe si su vuelo tiene algún riesgo específico como características del aeropuerto de destino, vuelo en los límites del alcance del avión u otros?
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¿Sabe algo sobre las prácticas de esta compañía en mantenimiento y en operación? ¿Y sobre las prácticas en selección y formación de los pilotos?
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¿Sabe qué es la WOCL? En caso afirmativo ¿sabe si el aterrizaje de su vuelo de ida o de vuelta va a coincidir con ella?
Por supuesto, no sería nada extraño si en una gran mayoría de los pasajeros consiguiéramos un pleno al “No”. De hecho, algunas de ellas, particularmente las últimas, serían difíciles de responder incluso para personas con una familiaridad con la aviación muy superior a la del pasajero medio.
Michael Porter, guru de la estrategia empresarial en la Harvard Business School, señalaba en uno de sus modelos estratégicos que una de las fuentes de poder del proveedor consistía en poder alterar la calidad de los productos suministrados sin que el consumidor pudiera percibirlo. Esta regla es suficientemente universal para poder aplicarla a un entorno donde el consumidor es el pasajero y los proveedores las distintas aerolíneas.
Durante años, el pasajero se ha dejado acunar por un sistema que le decía que volar era seguro, que era mucho más seguro que ir en su propio vehículo y que las autoridades tenían unas normas férreas y una no menos férrea capacidad de control de su cumplimiento.
Cuando alguien dice, como hace poco le escuchaba a un piloto, que al pasajero no le interesa la seguridad tiene razón…pero no toda la razón. Al pasajero no le interesa la seguridad porque la considera garantizada y, desde ese punto de vista, cuando alguien le menciona la seguridad piensa que es porque quieren meterle la mano en el bolsillo.
¿Dónde conduce esa situación? Dejemos aparte la capacidad de control de cumplimiento de las normas. Incluso, sin entrar en ese pantanoso terreno, las regulaciones establecen mínimos y, por tanto, aquél que sea capaz de, cumpliendo formalmente las normas o corriendo un bajo riesgo de ser pillado en falta, ofrecer menos seguridad será el que juegue con ventaja. A continuación, todo el que no quiera ser expulsado del mercado tendrá que imitar al “innovador” y entrar en una época de rebajas sin final conocido.
Volvamos a Michael Porter. Aparentemente, informar al pasajero sobre la seguridad de un sistema al que está confiando su vida representaría una pérdida de poder y, por ello, nunca tendría que hacerse. Craso error.
Los operadores más preocupados por la seguridad tienen que hacer al pasajero consciente de esa preocupación y de las medidas concretas en que ésta se plasma. En el momento en que consigan que el pasajero salga del totum revolutum y empiece a diferenciar, también será capaz de pagar por esa diferenciación o, vuelto por pasiva, no volará con algunas compañías ni aunque le regalen el pasaje.
Y los pilotos ¿qué tienen que ver en esto? Resulta obvio. Van en el mismo avión que los pasajeros, comparten su riesgo y, puesto que vuelan con mucha más frecuencia que el pasajero, su riesgo se ve muy incrementado por esa mayor frecuencia de exposición. Puede, por tanto, afirmarse sin temor que los intereses de los pilotos y los de los pasajeros son, en lo relativo a la seguridad, completamente coincidentes.
Respecto de los operadores, la relación es aparentemente menos clara. Varias de las preguntas sugeridas para hacerle al pasajero tienen mucho que ver con las condiciones de trabajo de los pilotos y esto puede hacer sospechar de las motivaciones para tirar de la manta y dejar las prácticas de seguridad expuestas ante los pasajeros.
Dicho de otra forma, el pasajero podría aceptar al piloto como su asesor en temas de seguridad siempre que, al mismo tiempo, no saque a relucir sus condiciones laborales porque, en ese momento, aparece la sospecha de que tal vez el problema no sea la seguridad sino la búsqueda de mejoras.
La solución es simple: Luz y taquígrafos. Infórmese al pasajero de cuáles son las normas de los distintos operadores en lo relativo al descanso de tripulaciones, a la adaptación a los cambios de horarios, cuándo se requiere llevar una tripulación reforzada, etc.
Operadores y pilotos no deben comportarse en este terreno como adversarios sino como socios. No es así porque estamos en una situación perversa que hay que romper: Hoy, el operador tira de calculadora ante cualquier petición de mejora de condiciones para ver el impacto sobre los costes; su actuación es lógica en este contexto porque sabe que no va a poder repercutir el aumento de costes sobre los precios.
Por el otro lado, hay pilotos con mentalidad de sindicalista de los autodenominados “de clase” que piensan que lo que se necesita es menores beneficios empresariales y mejores condiciones laborales. Al fin y al cabo, beneficios ¿para qué? Si, además, se consigue ejercer presión para que se contrate a más pilotos, mejor todavía porque se creará empleo.
Ambos se equivocan porque, a pesar del hábito de ver las cosas siempre desde el mismo lado, comparten intereses comunes:
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Sostenibilidad del operador: La empresa ha de ser un buen negocio para sus inversores porque sólo de esa forma podrá crecer y generar empleo para pilotos y para otros. “Crear empleo” con calzador, simplemente forzando a contratar más gente de la razonable, no ha funcionado nunca y ha machacado cualquier opción de competir en el mercado si éste tiene posibilidad de elección.
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No cometer imprudencias que hipotequen el futuro: Pocas han sido las compañías que han sobrevivido a un accidente grave. O’Leary, de Ryanair, señalaba que uno de los riesgos de su compañía es que una low-cost importante tenga un accidente grave. No se puede jugar con la seguridad.
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Como corolario de la anterior, tiene que ser posible repercutir en los precios el aumento de costes que implique una mejora de condiciones de trabajo y, por extensión, de seguridad. Ello sólo puede conseguirse si el comprador llega a ser consciente de que no está comprando lo mismo sea cual sea el operador que utilice.
Son razones suficientemente sólidas para buscar una colaboración mutua y ofrecer un frente común de cara al pasajero, frente común que deje atrás la vieja cantinela de que la aviación es segura per se, ya que esa creencia del pasajero sólo beneficia al más irresponsable, y se encargue de enseñarle a diferenciar.
Puesto que es el pasajero el que va a votar con su cartera, hagamos que el suyo sea un voto informado y no un voto comprado. De ello se beneficiará el propio pasajero, los pilotos y los operadores que se tomen la seguridad en serio.
Lo contrario es bueno sólo para los más irresponsables. Si el pasajero sólo mira el precio, habrá una auténtica carrera de ratas para ver cómo, reduciendo al mínimo las posibilidades de ser pillado, se pueden recortar costes no visibles para el pasajero –y los relativos a la seguridad están entre los más altos de ese tipo- para poder competir en precio. Las condiciones laborales de los pilotos sufrirán y, con ellas, su seguridad y la de los pasajeros.
“The God Delusion” o “El espejismo de Dios” de Richard Dawkins
Como mínimo, puede decirse del libro que es peculiar. Dawkins utiliza una vehemencia no habitual en los argumentos en favor del más completo ateísmo y no puede decirse que esa vehemencia no tenga coherencia con su propia forma de ver el fenómeno religioso.
Buena parte del libro es una denuncia de excesos cometidos en nombre de la religión y rechaza la idea de que haya que respetar las creencias religiosas puesto que, al mismo tiempo, entiende que su falta de creencia no ha sido respetada en absoluto y, para alegar esto, presenta muestras como un comentario de George Bush Sr. en el sentido de que los ateos no podían considerarse siquiera ciudadanos.
Es por ello que Dawkins no tiene el menor problema en ridiculizar creencias y en hacer proselitismo del ateísmo e incluso considerar que el agnosticismo no le parece una postura aceptable por lo que representa de quedarse a la mitad evitando establecer compromisos.
Muchos de los hechos denunciados por Dawkins son dificilmente rebatibles; por ejemplo, señala que no se debería hablar de un niño cristiano o de un niño musulmán sino, en todo caso, de un niño de familia cristiana o de un niño de familia musulmana ante el simple hecho de que el niño no tiene capacidad de raciocinio para considerarse incluido en una religión u otra. Denuncia también hechos como que una creencia religiosa puede permitir a un analfabeto sustentar una objeción de conciencia pero que alguien que no declare tal creencia y cuya objeción de conciencia provenga de un estudio o una capacidad de reflexión muy superiores al promedio lo tendría mucho más difícil ante igual situación o cuestiones tan divertidas como que el fisco británico tenga una preferencia por las religiones monoteístas y les niegue beneficios fiscales a las politeístas.
Poco se puede añadir al hecho, también denunciado por Dawkins, de que un relativismo cultural mal entendido pueda hacer que los motivos religiosos sean excusa suficiente para prácticas que la legislación de cualquier país occidental proscribe, incluso cuando son llevadas a cabo en esos mismos países.
En suma, hay una parte muy valiosa del libro y es precisamente la parte de denuncia y su argumentación. Niega a los teólogos cualquier tipo de conocimiento específico que les conceda preeminencia alguna en temas tales como la existencia de Dios y hace un paralelismo con lo que llama la hadología por la cual los expertos en hadas tendrían un punto de conocimiento específico a considerar. Señala como esta concesión desde el ámbito de la ciencia a menudo obedece a intentos de aplacar las iras fundamentalistas y muestra algunos ejemplos.
Sin embargo, es difícil estar en un 100% de acuerdo con Dawkins porque la misma vehemencia utilizada en la denuncia es utilizada en el ataque a posiciones distintas de la propia y ahí es donde en algunas ocasiones pierde el norte y, en otras, simplemente está recurriendo a argucias dialécticas haciendo pasar por argumentos cosas que no lo son en absoluto.
Hay dos aspectos que hay que destacar en este terreno:
- El concepto de respeto a las creencias y su negativa por parte de Dawkins.
- El modelo de Dios en el que basa el ateísmo militante.
En cuanto al concepto de respeto a las creencias, quizás habría que comenzar negando la mayor. Ninguna creencia, sea religiosa, política o de cualquier tipo, merece intrínsecamente respeto alguno aunque sí lo merecen las personas que profesan tal creencia.
En el caso de la religión, al margen de la fuerza económica, política o, simplemente, de capacidad de generación de violencia, que pueda haber tras una creencia, hay un elemento más que Dawkins parece ignorar deliberadamente: Para la persona con convicciones religiosas, la religión es uno de los pilares básicos en que se sustenta toda su idea de quién es, de su lugar en el mundo e incluso de sus principios morales. ¿Tenemos derecho a tratar de derribar esos pilares basados en nuestra convicción de que sabemos más? Tal vez sí pero en pocos casos: El primero, cuando la persona religiosa se lanza a hacer proselitismo y tratar de extender su particular verdad privada a su entorno; en ese momento, la persona que trata de ser captada tiene pleno derecho al contraataque. El segundo caso consiste en lo que se denomina desprogramación de personas que han caído en las garras de sectas destructivas que les impiden una vida normalizada y, como una variedad de éste, tendríamos que incluir los casos en que una religión trata de superponerse a los derechos humanos y se trata de recuperar la situación normal de ejercicio de tales derechos.
¿Puede exigirse, como Dawkins pretende, una simetría de trato respecto al ateo? Si partimos de idéntico principio, es decir, del principio de que lo respetable son las personas y no las creencias, nos encontraríamos en una situación parecida pero con una variante nada trivial: La ausencia de creencia no ocupa el mismo lugar central para el individuo no creyente que la creencia para el creyente. Savater denomina a las religiones con el curioso nombre de tecnologías de salvación. Si alguien está convencido de que su tecnología de salvación funciona, no hay en principio, fuera de las excepciones señaladas y tal vez alguna más, razón alguna para tratar de convencerle de lo contrario basado en los perjuicios que se le podrían producir, del mismo modo que pocos médicos se empeñan en informar a un paciente que ha dado claras señales de no querer saberlo de que tiene un cáncer mortal.
Este mismo principio no es aplicable al no creyente quien, en la hipótesis de ser convencido de que una determinada tecnología de salvación funciona no se encontrará con que el mundo se hunde bajo sus pies sino todo lo contrario. Naturalmente, en la hipótesis del proselitismo desde una posición religiosa, el derecho de réplica del no creyente sí podría producir ese efecto en el que trata de convertirle pero ése es un riesgo profesional del que intenta captar nuevos adeptos, riesgo frente al que suelen blindarse cerrando las orejas y las mentes.
Es por esto que debe exigirse un respeto idéntico a las personas sean cuales sean sus creencias pero tal vez no una simetría completa. Al atacar a la religión de una persona, se está atacando a los mismos fundamentos de su yo, cosa que no ocurre en el caso del no creyente, salvo que se llame Richard Dawkins y haya hecho del ateísmo una marca de identidad. El propio Bertrand Russell, agnóstico reconocido, cuando fue preguntado a una edad muy avanzada qué ocurriría si, tras una muerte presumiblemente cercana, encontraba que toda su vida había estado equivocado y que Dios existía y, a su muerte, se veía enfrentado con él. Bertrand Russell se limitó a responder: “Le diría: Lo siento, Señor, pero no nos diste pruebas suficientes” o, en otros términos, el descubrimiento no significaría el cataclismo personal que le produciría a una persona creyente encontrar que toda su vida había creído en una fábula.
En cuanto al modelo de Dios en que basa Dawkins su discurso, es francamente discutible. Dawkins comienza por fabricarse un adversario a medida para, a continuación, utilizar el argumento ad-hoc para ese adversario fabricado por él mismo. Dawkins no reconoce otro tipo de Dios que el personal hecho a imagen y semejanza de sus creyentes; por añadidura, al hacerlo así, tiene fácil utilizar las salvajadas escritas en los considerados libros sagrados por las grandes religiones como prueba de que ese Dios, incluso medido por estándares puramente humanos, dejaba mucho que desear.
Excluye religiones como el budismo y otras religiones orientales a las que considera filosofías de vida y, por idéntica razón, rechaza conceptos de Dios ajenos al Dios personal por considerarlos como una especie de veleidad poética sin entrar a considerar su fondo. No entra en experimentos como los realizados con el LSD e incluso prácticas como las tibetanas sino que el único experimento que toca es uno realizado sobre el poder de la oración, naturalmente fallido pero deja por el camino mucho conocimiento real sobre el asunto que no encaja en modo alguno con el Dios de Abraham pero tampoco con un ateísmo militante.
Cuando ataca a los agnósticos, lo hace ferozmente por considerar que se quedan a medio camino; sin embargo, al hacerlo, Dawkins está faltando a la verdad porque muchos agnósticos pueden rechazar de plano ese Dios personal que personifica con frecuencia en el Dios de Abraham al que Dawkins dirige todoa su artillería ignorando toda otra forma religiosa o de divinidad que le resulte más complicada de manejar. Es posible que Dawkins actúe así tanto por motivos prácticos -es más fácil debatir cuanto más absurda o brutal sea la posición del contrario- como por el simple hecho de que el dios del Antiguo Testamento está presente en las tres grandes religiones -cristianismo en todas sus variantes, judaísmo e Islam- y de una sola tacada puede atacar a las tres.
Con todos estos elementos, el libro acaba resultando una mezcla peculiar de pinceladas de un Miguel Ángel junto con brochazos de un pintor de brocha gorda, defendidos unos y otros con el mismo énfasis. Al inicio del libro, comienza expresando su deseo de que quien lo lea acabe convirtiéndose, como él mismo, en un ateo militante pero hay trampa:
Si el ateísmo representa el rechazo de un Dios como el que dibuja, basado en textos considerados sagrados por las grandes religiones, es posible que no fuera necesario leer el libro y que muchas personas que no se consideran ateas e incluso algunas que se consideran creyentes, sean ateas sin la menor vacilación con respecto al Dios que pinta Dawkins.
Dawkins defiende también que no se han cometido grandes crímenes en nombre del ateísmo y tiene razón pero nuevamente es un argumento trucado. Quienes critican al ateísmo y a su hipotética vaciedad en cuanto a principios y valores, no lo hacen porque tal ateísmo vaya a ser fuente de grandes crímenes sino por pensar que alguien que esté plenamente convencido de que el momento de la muerte es un final absoluto no tiene razón alguna para preocuparse por consecuencias de sus actos más allá de ese momento. A esta objeción, Dawkins responde con una supuesta programación que todos llevamos gracias a la teoría de la evolución, teoría que, en contra de lo que sostiene en el libro, maneja en muchas ocasiones más como una creencia religiosa o cuasi-religiosa que como una teoría científica.
El libro, a pesar de sus puntos de denuncia que resultan muy notables, acaba haciendo honor a parte de su título: Delusion. Si se quiere entrar en el aspecto de denuncia de la religión entendida como fenómeno social, los daños que ha traído y trae al ser humano y los mecanismos de poder alrededor de ella, es una buena adquisición pero, si se quiere entrar en otro tipo de asuntos, el Dios que se fabrica Dawkins para atacarlo a continuación recuerda el dicho español a moro muerto, gran lanzada.
Sin duda, se pueden encontrar otros títulos más solventes sobre el tema, comenzando por el Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, el Sobre la divinidad de Huxley e incluso el libro de los muertos tibetano. Cualquiera de ellos aportará perspectivas que no se van a encontrar en la obra de Dawkins quien es un excelente polemista pero a quien, con tal de llevar la discusión a su terreno, no parece importarle demasiado el uso de argumentaciones trucadas junto con otras realmente valiosas.
NOTA AÑADIDA: Acaba de aparecer en algunas ciudades españolas una curiosa iniciativa publicitaria llamada “el bus ateo” por la cual algunos autobuses municipales llevan insertada publicidad con el texto “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Personalmente, me parece una publicidad estúpida y de mal gusto pero no más estúpida y de mal gusto que cuando se colocan carteles anunciando “Gran vigilia de la Inmaculada” dirigida exclusivamente a “hombres y jóvenes”. El ámbito de la religión o su falta entra de lleno en lo que Vargas Llosa califica acertadamente como “verdades privadas” y la publicidad en ese terreno es inevitable que roce o entre de lleno en el mal gusto, la estupidez y la zafiedad.
La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira
Esta es la frase con la que Revel abre su libro “El conocimiento inutil”, libro que debería ser una lectura obligatoria de “Educación para la ciudadanía” si realmente se pretendiera fomentar un espíritu crítico, y que cualquier observador interesado de lo que le rodea tendra casi obligatoriamente que admitir como cierta.
Tal vez no seria muy exagerado afirmar que los politicos cabalgan a lomos de grandes mentiras y que juegan con los tiempos . Hemos tenido recientes ejemplos en España con cuestiones tales como negar la existencia de una crisis hasta despues de pasar unas elecciones para mas tarde, echarle la culpa al empedrado…que algo de culpa tiene pero hay partes fundamentales que son nuestras y sobre esas se miente.
Qué decir sobre el 11M. Si había sido ETA, el PSOE y Zapatero resultarían aplastados y si habían sido terroristas islámicos, la vinculación con Irak provocaría el escenario opuesto. Ambas partes mintieron con el mayor de los descaros y el triunfo electoral lo consiguió el más diestro en el manejo de la mentira.
No son ejemplos únicos; tenemos el caso de Endesa y el patrocinio de la fallida absorción desde Gas Natural, aunque la lógica dijera que raramente los ratones se comieron a los gatos, con la excusa de los “campeones nacionales” omitiendo que lo que se pretendía era crear “campeones nacionales catalanes”. Cuando Endesa acudió a una defensa habitual en estos casos -la búsqueda del “caballero blanco”- se rechazó al tal caballero porque tenía una participación minoritaria uno de los lander alemanes y eso significaba que era una empresa pública, escrúpulo que desapareció cuando aparecieron los amigos de Enel, empresa italiana que sí era pública , llegando a tener por fin campeones nacionales, eso sí, italianos.
Otras maniobras similares han pasado más desapercibidas por no tener la misma envergadura que la de Endesa pero, sin duda, han existido y están aún ahí. La prensa ha ido publicando artículos, algunos de ellos falsos de toda falsedad, pero con una curiosa sincronización con maniobras y negociaciones político-empresariales en la que no han faltado aliados que han llegado a enviar información reservada a los medios de comunicación amigos desde el fax de un Ministerio.
La prensa, tan pronta a acusar de demagogia a determinadas maniobras de los políticos, ha actuado en igual forma que la que critica cuando ha encontrado proveedores de información con una generosidad sorprendente por inhabitual. Estos proveedores suministraban datos que podían ser suficientemente jugosos para disparar ventas de periódicos y ante eso la pregunta obvia sobre los posibles intereses del proveedor se ha omitido.
Al actuar así, aplicando el principio de no dejar que la verdad estropee un buen titular, algunos periodistas se han comportado como tontos útiles para los intereses de sus generosos informantes. Es bueno que todos y muy especialmente la prensa tengamos presente la frase de Revel. La mentira es una herramienta muy poderosa en manos de alguien que mide los tiempos y que sabe que, aunque se descubra más tarde, ya ha causado sus efectos.
Al publicar rumores de escaso fundamento, quien lo hace se convierte en cómplice no siempre involuntario de maniobras que están utilizando a la vez la mentira y el tiempo. Lo publicado puede ser falso pero, cuando eso se sepa, ya dará igual. Es un principio a tener muy en cuenta siempre y, especialmente, me permito recomendar a los periodistas que lo tengan presente en los próximos días.
Una mentira, si es descubierta despues de que haya producido sus efectos, ha sido un vehiculo util para los fines del mentiroso porque, mas tarde, es posible que a nadie le interese saber la verdad, especialmente si la verdad de fondo consiste en que se han comportado como autenticos imbeciles al confiar en el mentiroso.
Galbraith decía que la mayor amenaza para la democracia es la ignorancia; sin duda tiene razón pero hay una amenaza casi tan grande como ésa: La falta de memoria necesaria para detectar y retribuir las mentiras.
Acción sindical, ley de huelga y criterio de proporcionalidad
Hace ahora 21 años se produjo el naufragio del barco “Casón” frente a las costas gallegas y será por eso que el Parlamento gallego ha decidido otorgar al comité de empresa de la empresa Alúmina Aluminio, afectada por el naufragio en la forma que veremos, un reconocimiento por su actitud: http://www.galiciae.com/nova/8108.html
El homenaje es bastante discutible si se contrastan otras fuentes http://www.elpais.com/articulo/economia/ALUMINA-ALUMINIO_ESPAnOLA/Supremo/admite/despido/comite/empresa/Alumina-Aluminio/elpepieco/19890131elpepieco_2/Tes/ o, simplemente, si se tiene una cierta memoria de lo ocurrido.
El abandono de la fábrica de aluminio provocó unas pérdidas por daños a la maquinaria que provocaron su quiebra inmediata. El derecho a la huelga puede ser constitucional, el abandono sin mirar cuáles puedan ser sus consecuencias no debe serlo. El Gobierno -socialista- de entonces y los tribunales así lo entendieron y hoy parece que quieren enmendarles la plana en el Parlamento gallego.
Si, en aquel momento, un mínimo concepto de proporcionalidad bastaba para señalar como ilegítima la acción que provocó la ruina de la empresa, digan lo que digan los próceres gallegos, hoy resulta mucho más discutible el concepto de proporcionalidad que se quiere aplicar a las movilizaciones colectivas.
En España hay una asignatura pendiente y es la ley de huelga que nadie, por distintos motivos, se atrevió a desarrollar.
En el caso de los partidos de derechas, pensaban que un desarrollo mínimamente restrictivo de tal ley era una invitación a la toma de la calle por los sindicalistas y quisieron evitar la oportunidad; los partidos de izquierdas, por su parte, siempre han visto a los autodenominados sindicatos de clase como su brazo armado y no les venía bien limitar una acción que podía ser favorable a sus intereses en la mayoría de los casos…aunque la situación provocada por el naufragio del Casón se produjo en un momento en que el gobierno del Partido Socialista contaba con el respaldo de una mayoría absoluta en el Congreso.
Ésa es la situación en que nos encontramos hoy: La ausencia de una ley específica que regule el derecho de huelga da lugar a abusos y a la judicialización de un derecho que debería estar claramente regulado.
Un paso más en la judicialización, en ausencia de ley de huelga, es la introducción del criterio de proporcionalidad reconocido por el Tribunal Constitucional y que se ve claro en casos extremos como el del Casón pero que puede ser mucho más discutible en otros y, por ser discutible, está sujeto a todo tipo de pleitos.
Está claro que el vandalismo y el sabotaje -que ya la legislación penal trata como delitos- deben quedar fuera de la acción sindical, aunque casos como la huelga de limpieza en el Metro de Madrid donde los heroicos defensores de los trabajadores vertían aceite o volcaban contenedores de basura en las escaleras de acceso parezcan ignorarlo, pero, cuando vamos a la proporcionalidad económica ¿en qué consiste?
¿Cuál es el criterio de proporcionalidad aplicado a un despido que pueda verse como injusto? ¿y a un desacuerdo sobre una subida salarial? ¿el criterio de proporcionalidad se aplica a la facturación o al margen dejados de percibir? ¿se establece alguna proporcionalidad entre el potencial económico de las partes para evitar que sólo los ricos puedan reclamar a los ricos?
No hay nada claro salvo que, en cada caso, se puede acabar en la lotería de los tribunales…y la denominación de lotería no es gratuita ya que, incluso en situaciones donde la ley es mucho más clara, puede haber sentencias sorprendentes ¿qué no ocurrirá en un terreno donde hay una omisión deliberada que dura ya treinta años?
Si era ya urgente una ley de huelga, el criterio de proporcionalidad y la posibilidad de aplicaciones totalmente aberrantes del mismo la convierten en una necesidad de primer orden.
En caso contrario, nos podemos encontrar con una paradoja: La ausencia de una regulación, que no se introdujo por no limitar los desmanes de los amigos o por temor a los enemigos, puede llevar a que el derecho de huelga quede reducido a papel mojado.
Luces y sombras en los avances de la tecnología de la información
Hace solo unas horas, alguien me pedía referencias en un tema que he trabajado bastante, lo que podríamos llamar ergonomía cognitiva, es decir, el hecho de que la lógica de funcionamiento de muchos de los dispositivos que manejamos nos es completamente desconocida y qué consecuencias tiene ese desconocimiento.
En concreto, se trataba de alguien que había comprobado que en una organización con una logística muy compleja, si fallaba el ordenador, no sabían en qué o cómo había fallado porque no podían reproducir a mano el proceso realizado por tal ordenador.
La situación me resultó familiar porque, en una visita al Instituto Nacional de Meteorología (ahora Agencia Estatal de Meteorología, para no herir las delicadas sensibilidades de los nacionalistas) me enteré de que los meteorólogos no pueden cuestionar los resultados que les presenta un ordenador sino que, si ven algo que les parece absurdo, tienen que rechazar todo el modelo o, de lo contrario, aceptarlo por completo. No caben matizaciones o rechazos parciales.
Lo que hay debajo no es una crítica a la formación del meteorólogo. Simplemente, a medida que se han ido multiplicando los puntos de observación, se ha acabado obteniendo una masa ingente de datos a procesar y, en el supuesto de que el meteorólogo conozca perfectamente los modelos utilizados para tal procesamiento, es incapaz de reproducir los resultados porque no tiene posibilidad de procesar toda esa información. Además, los límites de tiempo derivados de su propia actividad hacen que tardar varios días en obtener un resultado convierta a éste en irrelevante. Curiosamente, aunque esto puede ser más un tema de organización, tampoco había una comprobación formalmente organizada y con registros históricos del nivel de acierto del sistema y de cuáles eran las situaciones en que más podía fallar.
Este fenómeno se nos da cada vez en más escenarios, sea previsión meteorológica, gestión empresarial, diseño de coches o aviones…el usuario no tiene posibilidad de contrastar los resultados sino de aceptarlos o rechazarlos ciegamente.
Cada vez que un ordenador personal empieza a comportarse de una forma extraña ¿intentamos averiguar qué ocurre o simplemente reiniciamos? Cuando se avería un coche moderno en la carretera ¿quién se atreve a intentar no ya arreglarlo sino diagnosticar qué es lo que ocurre ? Este fenómeno, que puede verse como algo trivial, está muy extendido y puede llegar a representar una auténtica barrera al avance, incluido paradójicamente el tecnológico.
Los sistemas más complejos no son entendidos en su totalidad por nadie, incluyendo a sus diseñadores, sino que éstos tienen un conocimiento parcial y se nos llegan a dar situaciones tan pintorescas como que sea un sistema de información el que tenga que encargarse de que el trabajo de unos diseñadores no interfiera con el de otros (caso del diseño del Boeing 777).
Un ejemplo reciente: Una compañía aérea se plantea reducir el número de bases, lo que implica una enorme complejidad operativa a la hora de ajustar tripulaciones, aviones y horarios de vuelos. Para hacer esto, inevitablemente, tiene que entrar en un proceso de negociación laboral. En ese proceso, la compañía aporta los resultados obtenidos por el tratamiento de un sistema de información, según los cuales, reduciendo bases se consiguen unos ahorros sustanciales.
La otra parte negociadora puede entender cuál es la lógica de funcionamiento de los sistemas utilizados pero el volumen de datos que maneja hace que sea imposible reproducir los resultados o plantear escenarios alternativos. En estas situaciones, sólo queda la opción de aceptar o rechazar y, en un entorno de años de desconfianza, la opción es, como podía esperarse, rechazada.
Los sistemas de información, en el nivel de desarrollo en que ahora nos encontramos, introducen dos tipos distintos de complejidad que, a veces, se mezclan entre sí:
- Situaciones donde se conoce la lógica de funcionamiento pero la masa de datos es tan grande que su procesamiento no es reproducible por personas.
- Situaciones donde no se conoce la lógica de funcionamiento sino que solamente se conocen entradas y salidas y se opera con algo que podríamos denominar un sistema de metáforas del estilo “Papelera del Windows” que, por supuesto, no existe sino que es una metáfora dirigida al usuario del funcionamiento real.
En cualquiera de las dos situaciones, el papel de la persona como recurso alternativo y como recurso de acumulación de aprendizaje queda muy disminuido y, donde ello es factible, se limita a desconectar o rechazar la información del sistema que se supone que funciona mal y, al hacerlo así, trabaja con sistemas con una funcionalidad degradada.
Sin embargo, todo ello obedece a un modo de funcionamiento que, parafraseando la ley de Murphy y su “si algo puede ir mal, irá mal”, parece haberse llegado a una situación donde “si algo puede hacerse, se hará” sin pensar en cuáles son sus consecuencias o en si existen mejores opciones.
Dos opciones que se me ocurren, en particular en sistemas críticos, son las siguientes:
- Suboptimización de la tecnología: Considerar que la máxima complejidad admisible al sistema es aquélla que sus operadores son capaces de entender, es decir, la regla de Rasmussen de que el operador ha de ser capaz de correr cognitivamente el programa que ejecuta el sistema que está operando. La aplicación de esta regla requiere un doble esfuerzo, tanto en el terreno de formación del operador como en la transparencia real de los sistemas en el sentido de que su diseño sea perfectamente visible.
- Cuando existan múltiples fuentes de datos, jerarquizar claramente estas fuentes de forma que se pueda ir a escenarios donde la resolución se va perdiendo progresivamente pero no se deja de ver el escenario completo. En el ejemplo de la previsión meteorológica, implicaría realizar múltiples hipótesis retirando progresivamente puntos de observación de acuerdo con una jerarquización de los mismos hasta llegar al punto donde sí era posible contrastar el procesamiento del ordenador y el del meteorólogo.
Si el único punto de vista que se admite es el de la eficiencia, ninguna de las dos soluciones se aceptará. No sólo implican procesamientos de información menos eficiente sino un mayor grado de formación de los operadores. La tentación contraria está clara: Sistemas de información muy eficientes y baja formación de los operadores para conseguir una mayor eficiencia…mientras todo funcione. Cuando deja de hacerlo, cada vez más la situación que asumimos se parece a la de tener un incendio y haber tirado el extintor por la ventana.
¿Para qué sirve un netbook?
Aunque han empezado a proliferar como las setas tras la lluvia, hasta hace poco no había tenido oportunidad de poner las manos encima de uno de ellos. En este momento, creo tener ya un criterio sobre para qué sirve y para qué no sirve y, por tanto, si a alguien le es de utilidad este comentario, bienvenido sea.
Empecemos por el principio: Si es una persona que se pasa mucho tiempo al cabo del día frente al ordenador e intenta que un netbook sea su único ordenador, es mejor olvidarse de la idea…pero lo mismo podría decirse y por idéntica razón de los ordenadores ultraligeros, muy potentes y muy caros pero con unos tamaños de teclado y pantalla que no están hechos para alguien que los utilice mucho tiempo al día.
Hace ya tiempo que se venden más ordenadores portátiles que de sobremesa y, aunque no lleguemos al extremo de Japón, donde se ven muy pocos ordenadores de sobremesa en las tiendas y, en su lugar, se ven los componentes para que cada uno se los monte a su gusto, parece que ésa podría ser la tendencia futura: Prácticamente desaparición de los ordenadores de sobremesa que contarían con dos tipos de sustituto:
- Portátiles de tamaño mediano o grande con pantallas y teclados que permiten su uso continuo y su transporte ocasional aunque sus tres kilos o más de peso los hagan incómodos si los desplazamientos son muy frecuentes. Por añadidura, su tamaño no los hace adecuados para su uso en sitios como aviones o trenes y la duración de sus baterías no es precisamente sobresaliente. Son, por tanto, una excelente alternativa como ordenador principal.
- Ordenadores de sobremesa a medida: Todavía caros en España porque el mercado de componentes no está dirigido al consumidor final sino a los distribuidores pero esto es algo que cambiará y el habilidoso o aquél que tenga necesidades muy específicas probablemente preferirá construirse un ordenador a su medida antes que comprar un producto con una configuración estándar.
Hay una tercera opción que, lamentablemente, tiene muy poca representación en el mercado y es el ordenador del estilo MacBook Air, es decir, un ordenador portátil con una pantalla y un teclado de tamaño razonables para un uso continuado y que consigue la reducción de peso mediante el aplanamiento en lugar de reducir el tamaño hasta el punto en que convierte ese uso continuado en incómodo.
El modelo de Apple está muy logrado y tiene un equilibrio perfecto en tamaño, prestaciones e incluso duración de batería pero tiene una pega considerable: Los chicos de Apple son más cerrados aún que los de Microsoft y pasar por ese modelo implica tirar todo el software de que se disponga al no tener posibilidades de usar ni Windows ni Linux, al menos, sin hacer previamente virtuosismos con cuestiones como máquinas virtuales y otras zarandajas que, entre otras cosas, ralentizan el funcionamiento del ordenador.
Si alguien que no sea Apple decide hacer un ordenador de ese tipo o, alternativamente, Apple decide abrir su arquitectura a otros sistemas operativos, podía ser la solución perfecta.
Visto pues para qué no sirve un netbook, veamos para qué sí sirve y qué problemas se va a encontrar el usuario:
Si se hacen desplazamientos frecuentes y no se precisa una enorme potencia de uso, situación común a muchos usuarios que utilizan sobre todo correo electrónico, Internet y ficheros de texto, hojas de cálculo o presentaciones que no tienen una excepcional complejidad, un netbook puede ser el perfecto segundo ordenador. Si a los desplazamientos frecuentes se le unen los requerimientos de una mayor potencia, probablemente la opción adecuada sea un ordenador ultraligero, de tamaño parecido al netbook pero de mucha mayor potencia…y precio.
En cuanto al precio, una primera matización: La ausencia de lector-grabador de DVD y la posible necesidad de comprarlo aparte hace que el precio sea engañoso ya que con los 100 o 150 euros más que cuesta un ordenador completo -un portátil convencional- se dispone ya de ese elemento.
Por lo demás, un netbook tiene un tamaño idóneo si se trata de trabajar mientras se viaja utilizando, por ejemplo, las mesas desplegables de trenes o aviones aunque la mayoría de ellos tienen un fallo absurdo: No disponer de un modem 3G interno. Esto hace que, si se quiere conectar a Internet, el ordenador tenga que llevar un colgajo en el USB del que se podría prescindir.
En cuanto a los discos, es absolutamente recomendable el uso del SSD, es decir, el disco que no es un disco sino una memoria flash sin partes móviles y con una rapidez de acceso mucho mayor. Tanto por rapidez como por economía de batería, menos necesidad de refrigeración y evitación de problemas por movimiento parece la opción adecuada. Hay que tener en cuenta que, con la utilización de un usuario medio, es más importante contar con rapidez en el acceso a disco que contar con procesadores ultramodernos de 25 núcleos…porque ese usuario medio va a requerir de bastantes accesos a disco y, probablemente, no necesite una potencia de procesamiento descomunal. Un netbook usa procesadores poco potentes y de muy bajo consumo y, si introducimos el disco SSD, tenemos la combinación idónea.
La opción SSD es todavía cara. Es cuestión de tiempo porque marcas como Intel o Samsung están lanzando ya SSDs con capacidades equiparables a las de un disco duro convencional pero, hoy, en algunos netbooks se están instalando SSDs de un tamaño ridículo y, lo que es peor por ser fácilmente evitable, con una configuración absurda. Pondré como ejemplo el ordenador con el que he estado cacharreando: Un Asus 901 con SSD de 20 Gbs.
La parte buena: Una pantalla excelente que, aunque pequeña, se desplaza con gran rapidez por lo que, salvo que se requiera ver imágenes que la ocupen entera y todo al mismo tiempo, va a ser suficiente.
Las partes mejorables: La ausencia de modem 3G interno y la existencia de una ranura para una tarjeta SD con la que se le pueden añadir hasta 16 Gb. más de capacidad de disco sin que la cartera se resienta demasiado. Lástima que no reconozca la tarjeta como una parte del disco.
La parte absurda: No sé si lleva una o dos unidades SSD pero, al abrir “Mi PC” en Windows aparecen dos. En una de ellas va Windows y una serie de programas y la otra va bastante desahogada. Por defecto, cualquier instalación de un programa que se haga va a la partición o unidad SSD en la que está Windows por lo que podemos encontrarnos con que, si el usuario no está muy atento, esa unidad se va sobrecargando aunque la otra esté vacía penalizando seriamente las prestaciones del aparato.
Para que tuviera una velocidad aceptable, lo primero que tuve que hacer es desinstalar programas de esa unidad para instalarlos en la que estaba más desahogada y, además, dirigir el archivo de intercambio de Windows -desactivado por defecto- a esa segunda unidad. Esas dos cosas hicieron que el ordenador recuperase una velocidad más que aceptable y sugieren una pregunta: ¿Por qué el usuario tiene que manipular un ordenador recién comprado y no viene correctamente configurado de origen? Los que somos algo aficionados a cacharrear nos damos cuenta de cosas como ésta y las corregimos pero, quien no lo sea, se puede llevar una decepción injustificada porque no obedece al ordenador sino a una configuración pensada con los pies.
Para concluir, hay una forma de que el ordenador gane rapidez, sea más barato y su configuración más sólida: Utilizar las versiones que llevan cargado Linux.
NOTA AÑADIDA: El siempre excelente newsletter de Wharton Universia (gratuito y del que no me cansaré de recomendar suscribirse) acaba de publicar un artículo sobre este mismo tema que puede consultarse en esta dirección:
http://wharton.universia.net/index.cfm?fa=viewArticle&id=1623&language=spanish
Crisis económica y expedientes de regulación de empleo
En un momento en que los expedientes de regulaciones de empleo salen como setas, es tristemente habitual que los que hacemos consultoría de recursos humanos tengamos más actividad relacionada con esa faceta oscura que con la más positiva de formación, selección y desarrollo.
En este último año, por distintos motivos, he estado cerca de varios expedientes de regulación de empleo y he encontrado algunos puntos comunes en todos ellos:
- Son necesarios pero no suficientes. Las situaciones de las empresas hacían que, para no cerrar de inmediato, tuvieran que recortar plantillas urgentemente pero, si todo se reducía a eso, lo único que estaban haciendo es aplazar el cierre unos pocos meses.
- No necesariamente afectan a las personas menos valiosas de la organización. Si hacemos la comparación con la estructura de un edificio, detrás del técnico en recursos humanos vienen los financieros para las que todo recorte es poco y, si se les deja, liquidan hasta los pilares del edificio. Con frecuencia, una parte importante del trabajo consiste en convencer a los financieros de que no hagan unos recortes tales que liquiden toda posibilidad de recuperación futura. En ese entorno, pueden caer personas por el único motivo de que estaban en posiciones que les convertían en más fácilmente prescindibles.
- Ha funcionado el modelo de la rana hervida durante años. Se dice que es posible cocer a una rana por el simple procedimiento de meterla en un cazo con agua e ir calentando el agua poco a poco; si el agua se caliente de golpe, la rana salta del cazo; si se caliente poco a poco, cuando la rana nota que algo anda mal, ya no tiene fuerzas para saltar. Ha habido deterioros progresivos del negocio o de la posición competitiva sin que se haya hecho nada para solucionarlo hasta llegar a la situación de regulación de empleo. En algunos casos, por añadidura, la misma dirección incompetente que ha provocado la crisis por acción u omisión es la que se supone que va a arreglarla.
La Introducción al Estudio del Trabajo de la OIT, todo un clásico en el tema, señala que el 70% de las pérdidas de productividad en las organizaciones no son atribuibles a la mano de obra sino a la dirección. En estos casos, se podría extrapolar fácilmente la conclusión a la autoría de las situaciones de crisis. Cuando se llega a la situación de crisis extrema, entre las personas que van a salir de la organización, hay bastantes que pueden ser profesionalmente muy válidas y, desgraciadamente, puede no haber otra posibilidad alternativa para la supervivencia a corto plazo pero quedan abiertas dos preguntas:
- ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo la dirección de la organización sin que nadie hubiera denunciado el deterioro y/o la falta de planes de futuro?
- ¿Existe un plan de negocio aparte del recorte o lo que se ha hecho es aplazar el cierre unos meses?
“Gomorra” de Roberto Saviano
Aunque existe una película del mismo nombre, todavía no he tenido ocasión de verla.
El autor ha sido amenazado por la Camorra napolitana y vive escondido y, después de leer el libro, la impresión recibida es que el autor se ha buscado problemas con carácter gratuito. Me explicaré:
La primera parte del libro es de un enorme interés. Explica el papel que ocupa el puerto de Nápoles en cuestiones como las falsificaciones de firmas, cómo la mafia ha extendido sus tentáculos hasta China pasando por la propiedad de tiendas donde se venden, sin que haya forma de distinguirlas, materiales de marca y falsificaciones de las mismas marcas.
La mezcolanza entre marcas y falsificaciones, drogas y prácticas de fabricación y distribución está muy bien llevada y sólo eso puede justificar la lectura del libro.
A partir de ahí, entramos en una segunda parte -que, con toda seguridad es la que le ha traído la persecución al autor por su mención expresa de nombres, hechos y lugares- en la que el lector lo tiene muy fácil para perderse y, en consecuencia, desconectar. De ahí la idea de que la búsqueda de problemas haya tenido un carácter gratuito.
Mientras se refleja una dinámica de funcionamiento, el libro tiene interés; en el momento en que entra en un anecdotario prácticamente imposible de seguir para cualquiera que no esté introducido en la vida napolitana, el interés se va perdiendo por momentos y cualquiera que busque algo remotamente parecido a “El padrino” de Mario Puzo puede estar seguro de llevarse una buena decepción.
Es posible que, como comenta el autor en una parte del libro, lo retratado por “El padrino” no corresponda a la realidad sino que, al contrario, la realidad posterior ha imitado a “El padrino” pero Saviano se recrea en datos intrascendentes para el lector de forma que, en su libro, es perfectamente válido aquello de que los árboles no dejan ver el bosque.
Para concluir, en algunos pasajes del libro el autor desliza la idea de que la mafia es algo así como el liberalismo económico llevado a sus últimas consecuencias, idea que sin duda repugnará a cualquier persona medianamente informada, sea partidario o no del liberalismo.
En suma, un libro interesante con la pequeña pega de que le sobran dos tercios de las páginas.
30 años de Constitución en España: Del “Sobre la libertad” de Stuart Mill a la “Educación para la ciudadanía” de Zapatero
Un aniversario más de la Constitución Española. Aunque algunas constituciones, como la norteamericana, han resistido más de dos siglos sin demasiados retoques, a la española le están saliendo goteras. Tal vez se debe a que, como es tradición en el país, se hizo originalmente una chapuza y ahora se ve que las reformas son urgentes. Sin embargo, no todo el mundo parece estar de acuerdo en cuál ha de ser el sentido de esas reformas aunque la experiencia de estos años nos obligue a cuestionar si TODOS han de estar de acuerdo o hay que dejar a un lado a aquéllos que, durante este tiempo, han tenido mucho más protagonismo del que les correspondería.
Tal vez una de las principales chapuzas en el proceso de construcción constitucional viene del hecho de considerar que el haber estado públicamente en contra de Franco confería una patente de demócrata de forma automática. Entre los antifranquistas, ha habido actitudes tan cerradas y tan antidemocráticas como las que pudieran darse entre los franquistas y tratar de satisfacer a estos personajes fue un claro error.
La cooficialidad de los lenguajes fue uno de los errores. En su momento, pensaron que serviría para aplacar las iras nacionalistas pero, utilizando una metáfora que en su día usó Calvo-Sotelo hablando con Pujol, los nacionalistas son como las palomas; se quejan de la resistencia del aire pero es esa resistencia la que les permite volar. En la mayoría de los casos, no se aspira -aunque se proclame así- a la independencia sino a mantener una posición de privilegio dentro de un Estado.
Naturalmente, una vez conseguida la cooficialidad, fue utilizada para perseguir en sus zonas de influencia la lengua común , actuando de forma prácticamente idéntica a la que criticaban cuando la acción provenía del dictador, y, de esa forma, llevando a cabo una limpieza étnica menos sangrienta -aunque ETA lleve alrededor de mil muertos- pero no menos repugnante que las que se han podido ver por los Balcanes.
Aunque la Constitución establece la libertad de todos los españoles para establecer su residencia en cualquier parte del territorio nacional, el lenguaje local ha sido utilizado para reducir ese artículo a una manifestación vacía sin consecuencias prácticas. Alguien que no domine una lengua local -que teóricamente tiene derecho pero no deber de conocer- no puede establecerse en algunas partes de España. Lo contrario empieza a ser también cierto; después de años de marginar el español en los sistemas escolares dominados por los nacionalistas, el español de las nuevas generaciones empieza a ser tan deplorable que tienen auténticas dificultades para salir más allá del punto visible desde su campanario.
La Constitución establece también competencias exclusivas del Estado pero, como al mismo tiempo establece que éstas pueden ser cedidas, el “pueden” ha sido traducido por los nacionalistas en “deben” y han ejercido toda la presión que un absurdo sistema electoral les permitía para conseguir esas transferencias, quedando el Estado central cada vez más vacío de contenido.
Para ganar el apoyo de los nacionalistas -apoyo prometido y más tarde traicionado como en el caso del PNV- se realizaron cesiones que dejan en cuestión la igualdad de los españoles como, por ejemplo, ampliar a toda la zona vasca los privilegios de los Fueros de Álava y se pergeñó un sistema electoral que repite punto por punto los errores que hicieron ingobernable la Segunda República.
Como entonces, ahora se puede ver que una cosa es el respeto a las minorías y otra cosa es la dictadura de las minorías. Lo primero es un deber; lo segundo es inadmisible pero es la situación en que se vive actualmente en España, situación que llevó al colapso y, junto con otros factores, a una Guerra Civil que algunos tratan de reescribir ahora.
En cuanto a la forma de Estado ¿tiene hoy sentido la monarquía? Una institución onerosa y que no ha cumplido con sus funciones en el sentido de servir de poder moderador puede estar cuestionada por una gran parte de los españoles aunque sea por distintos motivos. Quizás son muchos los no nacionalistas que estarían dispuestos a firmar una República Federal donde, ya que no existe la solidaridad entre regiones, al menos impedir las situaciones de privilegio y dejar a cada uno que jugase con sus propias bazas sin limitación alguna.
Especialmente hoy conviene releer textos como “Sobre la libertad” de Stuart Mill, del que me he permitido subrayar dos pasajes:
El más formidable mal no reside en el conflicto violento entre las diferentes partes de la verdad sino en la discreta supresión de la mitad de la misma.
No hace mucho, el actual presidente del Gobierno dijo que pretendía ir más allá de la alternancia en el poder y, aunque hubo quien lanzó grandes críticas sobre pretensiones de permanecer en el poder a perpetuidad, es muy probable que no fuera por ahí el comentario. Hay medidas que, una vez tomadas, tienen una marcha atrás muy difícil y los ejemplos son múltiples:
En ocho años de gobierno de la actual oposición, cuatro con mayoría absoluta, no se atrevieron a acabar con la absurda moratoria nuclear impuesta por un gobierno del mismo color que el actual, y conociendo los problemas energéticos del país ; esos mismos ocho años de gobierno no sirvieron para eliminar el desastre educativo propiciado por la LOGSE ni la corruptela de todas las corruptelas que representa el llamado Plan de Empleo Rural por el cual alguien puede vivir toda su vida sin trabajar a cargo del Estado, no se modificó el sistema de elección del Consejo General del Poder Judicial por cuotas a pesar de que tal modificación estaba en su programa electoral ni se ejecutaron sentencias judiciales relativas al monopolio en los medios de comunicación, medidas o inacciones todas ellas cuyo precio se está pagando ahora.
La izquierda siempre ha manejado la calle mejor que la derecha y saben muy bien que la toma de medidas en estos temas, a todas luces legítimas, provocarían grandes algaradas como de hecho se demostró cuando el actual presidente era el primero en manifestarse señalando que ahí estaba la democracia. Más tarde, se le olvidó y la democracia pasó a estar en el Congreso ignorando varias manifestaciones multitudinarias en contra de medidas tomadas por él. Por añadidura, siempre está la eficaz ayuda de los sindicatos, cuya representatividad es más que cuestionable si vamos a los datos de afiliación e incluso en algunos casos tal representatividad ha sido graciosamente otorgada permitiendo negociar a sindicatos con escasa o nula representación en un sector los convenios en ese sector. Un buen ejemplo de esto sería el sector público. Los sindicatos españoles se han convertido también, por esta vía, en una sucursal de algunos partidos políticos y, por ello, no son una garantía de democracia sino, en buena parte, todo lo contrario.
Es muy difícil de decir y, más aún, de actuar cuando ha habido durante años ese trabajo de zapa que ha sacado del ámbito de lo admisible socialmente opiniones que, por su naturaleza misma, no son menos legítimas que aquéllas que las han expulsado de la vida pública pero asumir que la propia posición es minoritaria y actuar de forma acomplejada tiene estas consecuencias.
El mayor de este tipo de agravios en el que puede incurrir un polemista consiste en estigmatizar a quienes sostienen la opinión contraria como individuos perversos o inmorales. Especialmente expuestos a sufrir calumnias de este tipo están quienes sostienen opiniones impopulares porque, por lo general, son pocos y de escasa influencia y nadie, salvo ellos, manifiesta mucho interés en que se les haga justicia pero, por la misma naturaleza del caso, este arma se les niega a quienes atacan una opinión dominante: no pueden servirse de ella sin poner en riesgo su seguridad ni, aunque pudieran hacerlo, conseguirían otra cosa que desacreditar su propia causa. En general, las opiniones contrarias a las comunmente admitidas solo pueden aspirar a ser tenidas en cuenta mediante una estudiada moderación del lenguaje en que van expresadas y con el más exquisito cuidado para evitar toda ofensa innecesaria, sin que apenas puedan desviarse lo más mínimo de dicha actitud sin perder terreno.
Parecería que hoy, treinta años después de la Constitución, el principal partido de la oposición ha leído estas líneas de Stuart Mill y ha asumido como opinión impopular la propia y como dominante la contraria y, al menos la corriente dominante en tal partido, no intenta modificar tal estado de cosas y es capaz de tragarse hace muy pocos días cosas como que un alcalde que, además, es el presidente de la Federación Española de Municipios diga que los votantes de la oposición son unos tontos de los cojones sin que se les pase por la cabeza replicar con la misma o similar moneda.
La actual oposición parece asumir que su posición es impopular, a pesar de sus más de diez millones de votos en las últimas elecciones, y practica una política de perfil bajo -solución que siempre les ha sido propuesta desde sus asesores y que llevó al gran fracaso electoral de 1993- y parece que intenta no molestar, incluso en situaciones en que su posición se haya mostrado más fundada que la del actual Gobierno como la relativa a la crisis económica -negada hasta la saciedad hasta pasadas las elecciones- o el error de la negociación con ETA, donde a un comentario de Zapatero en el sentido de estar en unas condiciones magníficas, la organización asesina replicaría volando un aparcamiento del aeropuerto de Barajas.
El discurso dominante se convierte así en único cuando es asumido por la corriente principal de oposición dándose paradojas como que la situación económica y su rápido deterioro representen una fuerte pérdida de popularidad para Zapatero pero, al mismo, representen una pérdida mucho mayor para el principal líder de la oposición, Rajoy.
Una de las escasas muestras de rebeldía procedente de una voz minoritaria dentro del principal partido de oposición puede encontrarse en este discurso de la presidente de la Comunidad de Madrid:
http://www.libertaddigital.com/nacional/discurso-integro-de-esperanza-aguirre-1276327509/
También pueden encontrarse muestras similares en las posiciones de una diputada, Rosa Díez, anteriormente socialista pero que abandonó el partido hoy en el Gobierno ante el giro que éste dio respecto de lo asumido en su programa electoral. Hoy, ese partido representado en el Congreso por una única diputada parece haberse transformado en la única oposición real y las encuestas le conceden una subida espectacular. Queda, sin embargo, la duda de qué ocurrirá en el futuro con tal partido ante el hecho de que su posición está definida por oposición al nacionalismo pero, con ese único punto común, tiene dentro demasiadas posiciones distintas.
Ésa es la situación de hoy, situación que no se trata de perpetuar mediante intentonas golpistas como también ha sido tradicional en España sino mediante la reducción a un discreto silencio de toda oposición, tanto si es a nivel nacional como si es a nivel regional y una parte de esa reducción al silencio está en la asignatura de “Educación para la ciudadanía” promovida por el propio Zapatero.
Con “Educación para la ciudadanía” es mucha la gente que tiene una opinión parecida a la que puede tener con la asignatura de religión: Bienvenida sea si sirve para aportar una amplitud de perspectivas pero, si lo que se pretende es adoctrinar, no parece que el colegio sea el lugar adecuado para eso.Naturalmente, hay también una oposición desde posiciones vinculadas con la Iglesia Católica y es esa oposición la que está siendo utilizada para desacreditar la totalidad, incluida la procedente de posiciones que nada tienen que ver con ésta.
La mera lectura del Boletín Oficial del Estado donde se establece la asignatura es suficiente para poder afirmar sin género de dudas que no se buscan perspectivas más amplias sino, como Stuart Mill avisaba, se trata de suprimir discretamente las opiniones discordantes con la dominante.
Por otro lado, a Zapatero hay que reconocerle la habilidad de llevar siempre las cosas un paso más allá de lo que podría haber sido asumido por la oposición para, de este modo, poder acusar al contrario de intransigencia y mantenerlo en una posición de arrinconamiento. Un ejemplo es el matrimonio homosexual. Gran parte de la actual oposición, no la cercana a la Iglesia Católica, podría haber asumido sin problemas el reconocimiento civil de parejas homosexuales y, de hecho, fue un gran error no hacer este reconocimiento cuando estaban en el poder. El llamar a estas parejas “matrimonio” es lo que les resulta más difícil de asumir y esa dificultad ha servido para mantener la acusación de estar en contra de tales parejas sin que haya habido una réplica adecuada. Habría que contar además con que, en el caso de haberla habido, el predominio de medios de comunicación afines al poder, habría dificultado que tal réplica hubiera contado con el eco necesario.
No me gustaría concluir sin hacer una referencia al Tribunal Constitucional y, en general, a un poder judicial que ha sido tratado como una sucursal de los partidos políticos estableciendo cuotas como una forma de afirmar su poder y donde los magistrados no votan según su opinión o sus criterios técnicos sino de acuerdo con la “ganadería” a que pertenecen.
Hoy, treinta años después de nacer la Constitución, donde una parte importante de su articulado está siendo abiertamente incumplido, el Tribunal Constitucional tiene aún encima de la mesa el Estatuto de Cataluña que, en caso de resolverse positivamente, consagrará una diferencia tan clara entre españoles que es difícil que deje una salida distinta a una ruptura o, si se prefiere, a una independencia promovida no precisamente desde la parte nacionalista sino desde la no nacionalista, cansada de privilegios y de victimismo.
En suma, la Constitución no goza de buena salud y se requiere un urgente cambio, sin los complejos de hace treinta años si se quiere asegurar que realmente el edificio sea duradero. Zapatero tiene su personal examinador, Philip Pettit y su idea del “republicanismo cívico” que considera que la situación española actual le merece una puntuación de notable alto. A muchos nos merece una puntuación de suspenso y, tratando de ser ecuánime, no todo el suspenso le corresponde al actual Gobierno sino también a los anteriores, fueran del color que fueran, y a una chapuza constitucional realizada hace ahora treinta años.
El jugador de mus
El último asesinato de ETA no puede sorprender a nadie. Al fin y al cabo, los asesinos asesinan porque la única forma de dar significado a su miserable vida consiste en arrebatar la de otros. Nada que no pueda resolverse con una claridad de planteamientos en lo político, lo legal, lo judicial y lo penal. Lamentablemente, el oportunismo en el primero ha impedido que se actúe adecuadamente en los demás.
Lo peor del último asesinato no es el asesinato en sí. Es un jugador de mus. El hecho de que, inmediatamente tras el asesinato, se quiera vestir de tal normalidad al hecho que ni siquiera se suspende la partida sino que la silla del asesinado es tomada por otro y la partida continúe demuestra que hay una sociedad gravemente enferma.
Cuando lo anormal se trata de convertir en normal, los asesinos han ganado porque han convertido a los demás en sus cómplices. El jugador de mus podría haber jugado igualmente en la Alemania de 1943 mientras los trenes llenos de judíos pasaban a su lado camino de los campos de concentración.
Cuando el asesinato es normal, el problema ya no es el asesino.
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