Nacionalismos
Estos días he estado leyendo un libro muy recomendable (“Sobre la divinidad” de Aldous Huxley) donde critica a los nacionalismos como una idolatría mortal de nuestro tiempo.
No es el único; un poco antes que Huxley, finalizada la II Guerra Mundial, Winston Churchill proclamaba que había dos nacionalismos asesinos en Europa y que uno de ellos había quedado derrotado para siempre: Se refería a los nazis y a los serbios y el futuro tuvo oportunidad de darle la razón. Por su parte, Juan Pablo II también se refirió a los nacionalismos como idolatrías y así un largo etcétera.
Probablemente en España más que en ningún otro país europeo -con la excepción de la antigua Yugoslavia- somos conscientes de los efectos de los nacionalismos:
Fernando Savater tiene un pequeño libro llamado “Contra las patrias” que representa un extenso argumentario sobre el asunto, lo mismo puede decirse de prácticamente toda la obra de Jon Juaristi e incluso tenemos ya un partido político “Ciudadanos de Cataluña” con intención de aglutinar gente de todas las ideologías sin más denominador común que el antinacionalismo.
Si retrocedemos en el tiempo hasta la etapa de la transición española, es inevitable llegar a la conclusión de que algunas cosas no se hicieron bien: Se reprodujo un sistema electoral que daba la llave de la gobernabilidad a minorías de bloqueo, habitualmente nacionalistas.
Evidentemente, se trataba de una época de muchos complejos y más compromisos y donde tal vez hubiera sido difícil haber optado por otro sistema y no reproducir modelos electorales muy parecidos al de la II República y que están dando en este terreno idénticos problemas a los que dieron entonces.
Países con menos complejos como Alemania prohíben en su Constitución los partidos separatistas e incluso se plantean si el Estado federal no ha producido una descentralización más allá de lo conveniente. Francia ha sido tradicionalmente mucho más centralista que España y algo similar puede decirse del Reino Unido donde, dejando aparte el caso del Ulster y los interesados paralelismos, la emergencia del nacionalismo escocés como factor de importancia es algo nuevo, a pesar de tener una justificación histórica infinitamente mayor de la que proclaman tener nuestros nacionalismos locales.
¿Se puede contentar a quien hace del descontento su profesión? ¿Es correcto un sistema que da la llave de un país a alguien que quiere apartarse de él o permanecer en una situación de privilegio?
Éstas son preguntas que deberían hacerse -y responderse- los principales partidos, es decir, aquellos que tienen o pueden tener responsabilidades de gobierno y actuar en consecuencia.
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