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Las discriminaciones positivas

Es difícil dar un dictamen definitivo sobre ellas salvo que alguien se coloque en una posición partidaria.

Si buscamos razones para el rechazo, las hay y muy poderosas. Quizás uno de los autores que mejor las ha expuesto es Thomas Sowell -norteamericano y negro, o sea que sabe de qué habla- y podrían resumirse en lo siguiente:

Si admitimos que alguien ocupe un puesto por razón de raza, sexo, etnia o cualquier otra en lugar de hacerlo exclusivamente por mérito, la discriminación positiva perpetuará la situación que pretende corregir. El efecto inmediato de la medida será que cuando alguien atribuya incapacidad a una raza, sexo, etnia, etc…estará simplemente reflejando la realidad ya que los criterios de acceso no habrán sido de mérito.

Por añadidura, la cantidad de criterios que pueden ser sujetos de discriminación positiva son tantos que es virtualmente imposible atenderlos todos: ¿Por qué no un porcentaje de obesos, de fumadores, de transexuales y así ad infinitum?

Aprovecho para hacer una recomendación cinematográfica:  La excelente película Crash toca este tema desde un punto de vista probablemente nunca antes abordado en el cine: El malo, el políticamente correcto y el miembro de minoría racial enfrentados a sus propias contradicciones.

La cara opuesta de la moneda la representan las personas que, teniendo sobrados méritos, tienen graves dificultades de acceso a posiciones para las que su mérito les faculta por razón de pertenencia a determinados colectivos. Éste es el problema real que precisa una respuesta ¿son una respuesta válida las discriminaciones positivas?

Si entramos por debajo de la superficie, encontraremos que este tipo de leyes consagran el mismo tipo de discriminación que critican y que incurren en el olvido de un principio básico: Los derechos son de los individuos y no de los colectivos.

Un ejemplo práctico: Un individuo de un determinado sexo -da igual el que sea- quiere acceder a una posición determinada y, conforme a una ley de discriminación positiva, se le impide el acceso porque los coeficientes establecidos exigen que esa posición le sea dada a otra persona del sexo opuesto.

En ese momento ¿no estará ese individuo en su derecho de reclamar al Tribunal Constitucional porque se ha ejercido en su contra una discriminación por razón de sexo?

Si partimos de que los derechos corresponden al individuo, no cabe ninguna duda que es así. También es cierto que, si esto estuviera tan claro para todos, se desmontaría por la base la idea de los nacionalismos -mencionados en otro post- porque, si los derechos no son de colectividades ¿cómo intentar hablar en nombre de una como hacen los nacionalistas?

La igualdad de derechos es un tema demasiado serio para intentar resolverlo en dos brochazos de populismo. La auténtica revolución comienza en la escuela y en la voluntad de que no se pierdan por el camino personas valiosas.

Las leyes que intentan forzar coeficientes pueden ser incluso denunciadas por aquéllos a los que dicen proteger pero la inacción tampoco es una alternativa. Se requieren respuestas realistas y encaminadas a demostrar que una persona, por el hecho de pertenecer a determinado colectivo, no pierde en absoluto su valor en el terreno profesional ni en ningún otro. Que la persona concreta, con nombre y apellidos, tenga o no la valía necesaria para ocupar una posición es algo que tiene que demostrar y que nadie le tiene que regalar. Otra cosa distinta es que se le facilite la oportunidad de demostrarlo y es ahí donde habría que poner todos los esfuerzos.

Mayo 15, 2007 Publicado por José Sánchez-Alarcos | Cine y teatro, Temas sociales y políticos | | Aún no hay comentarios

Nacionalismos

Estos días he estado leyendo un libro muy recomendable (“Sobre la divinidad” de Aldous Huxley) donde critica a los nacionalismos como una idolatría mortal de nuestro tiempo.

No es el único; un poco antes que Huxley, finalizada la II Guerra Mundial, Winston Churchill proclamaba que había dos nacionalismos asesinos en Europa y que uno de ellos había quedado derrotado para siempre: Se refería a los nazis y a los serbios y el futuro tuvo oportunidad de darle la razón. Por su parte, Juan Pablo II también se refirió a los nacionalismos como idolatrías y así un largo etcétera.

Probablemente en España más que en ningún otro país europeo -con la excepción de la antigua Yugoslavia- somos conscientes de los efectos de los nacionalismos:

Fernando Savater tiene un pequeño libro llamado “Contra las patrias” que representa un extenso argumentario sobre el asunto, lo mismo puede decirse de prácticamente toda la obra de Jon Juaristi e incluso tenemos ya un partido político “Ciudadanos de Cataluña” con intención de aglutinar gente de todas las ideologías sin más denominador común que el antinacionalismo.

Si retrocedemos en el tiempo hasta la etapa de la transición española, es inevitable llegar a la conclusión de que algunas cosas no se hicieron bien: Se reprodujo un sistema electoral que daba la llave de la gobernabilidad a minorías de bloqueo, habitualmente nacionalistas.

Evidentemente, se trataba de una época de muchos complejos y más compromisos y donde tal vez hubiera sido difícil haber optado por otro sistema y no reproducir modelos electorales muy parecidos al de la II República y que están dando en este terreno idénticos problemas a los que dieron entonces.

Países con menos complejos como Alemania prohíben en su Constitución los partidos separatistas e incluso se plantean si el Estado federal no ha producido una descentralización más allá de lo conveniente. Francia ha sido tradicionalmente mucho más centralista que España y algo similar puede decirse del Reino Unido donde, dejando aparte el caso del Ulster y los interesados paralelismos,  la emergencia del nacionalismo escocés como factor de importancia es algo nuevo, a pesar de tener una justificación histórica infinitamente mayor de la que proclaman tener nuestros nacionalismos locales.

¿Se puede contentar a quien hace del descontento su profesión? ¿Es correcto un sistema que da la llave de un país a alguien que quiere apartarse de él o permanecer en una situación de privilegio?

Éstas son preguntas que deberían hacerse -y responderse- los principales partidos, es decir, aquellos que tienen o pueden tener responsabilidades de gobierno y actuar en consecuencia.

Mayo 15, 2007 Publicado por José Sánchez-Alarcos | Temas sociales y políticos | | Aún no hay comentarios